El anciano de la calle dos
Eran las once y cuarenta de la noche. Cinco señoras esperaban fuera de la casa de Don Cristóbal, todas vestidas de negro, con abrigos largos que llegaban a sus pies. Él, sentado frente a su mesa redonda, en el living de su casa, temblando, iluminado por el débil fulgor de un candelabro con sólo una vela. Vestía su sombrero de copa, un largo abrigo negro, un pantalón largo y sus bototos del mismo color. Miraba nervioso una y otra vez el reloj de bolsillo, a través de su viejo y desgastado monóculo.
El reloj, poco a poco se acercaba a la medianoche. Sabía, con el pasar del tiempo, que esas señoras lo esperaban en el alero de su hogar.
Y el gran reloj de pared que se ubicaba tras de sí dio su primera campanada.
Don Cristóbal se levantó de su silla, mirando el techo de la estrecha habitación. Estuvo a punto de golpear al reloj de pared, sin embargo un bastón que colgaba del perchero le impidió hacer el movimiento completo, golpeándose la mano. Repetía incesantemente “porqué, porqué”...
Y la primera señora se colocó frente a la puerta. Con su mirada fija, seria como la muerte y fría como el invierno cerró sus ojos, y abandonó la estancia.
Don Cristóbal se sentó nuevamente, y sin pensarlo más, le dio un golpe fulminante a la mesita, se paró y golpeó finalmente al reloj, quebrando el cristal frente al péndulo. Cuando logró darse cuenta, su mano sangraba, pero no alcanzaba a sentir dolor alguno. Su sombrero yacía en el suelo.
Entonces la segunda señora se acercó a la puerta de la casa. Golpeó la puerta tres veces, y como Cristóbal no respondió, se volteó. Y empujando con gran violencia la pequeña puerta de la cerca de madera, abandonó la casa, perdiéndose en la niebla naciente.
Don Cristóbal, ahora adolorido, reubicó la silla al frente de la mesa, y se sentó nuevamente, colocando su cabeza entre las manos.
Luego de miles de pensamientos sin origen o destino, levantó su cara, y miró el reloj de bolsillo al que, sin haberse dado cuenta, le había roto la esfera de cristal.
En vano, y aprovechando la posibilidad, manipuló las manecillas del reloj, atrasando la hora en un penoso gesto. Sin más consuelo, lanzó el reloj por la ventana, dejando un agujero y algunos vidrios
La tercera señora, habiéndosele agotado la paciencia, abandonó el terreno. Y antes de atravesar la cerca, recogió el reloj, y colocándoselo bajo el abrigo, continuó su viaje.
Sin embargo, Don Cristóbal, apaciguado por la octava campanada del estropeado reloj, se dejó abandonar por el designio tormentoso: abandonó la silla y se dirigió a la ventana, por donde había salido el reloj de bolsillo recién aventado.
Contemplando la luna, que apenas se veía por la niebla, pudo respirar la brisa del aire de medianoche que entraba por el agujero.
Y una lágrima cayó por su mejilla.
Abandonado al silencio, se dio media vuelta.
Y la cuarta señora, mirando hacia la ventana a la diestra de la puerta principal, contempló con tristeza lo que ocurría tras ella, y luego se fue hacia la calle, perdiéndose en la noche.
Don Cristóbal, entonces, recogió el sombrero, y tomó su bastón del perchero, que se había caído a medias hacia la esquina del habitáculo.
Apagó la vela de un suave soplo, y comprobando que su abrigo estuviera abotonado y estirado, encendió un habano que tenía oculto en la cartera al interior de él.
Abrió la puerta, y la última señora lo esperaba. Como él no la podía ver, simplemente continuó su camino hacia la obscuridad.
Y ahí, ella se quedó. Mirando como Don Cristóbal caminaba a lo largo de la calle.
Y ella, que se llamaba Aceptación, caminó a reunirse con las otras señoras: Negación, Ira, Negociación y Depresión, mientras el viejo se reunía con la última hermana de ellas:
La Muerte.
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Basado en la teoría de las Etapas de la Muerte, según Elizabeth Kübler-Ross (1969). Historia original.
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